En el juego, y solo en él, pueden el niño o el adulto crear y usar
toda la personalidad, y el individuo descubre su persona
solo cuando se muestra creador. (D. Winnicott)
El juego es una de las señas de identidad de la infancia. Si ahora pidiera que recordarais momentos de diversión de vuestra infancia muchos de ellos transcurrirían en torno a un juego. Sigmund Freud en su obra El creador literario y el fantaseo de1907 comparaba al niño que juega con un poeta que crea “Acaso sería lícito afirmar que todo niño que juega se conduce como un poeta, creándose un mundo propio, o, más exactamente, situando las cosas de su mundo en un orden nuevo, grato para él.”
Sin embargo, parece que en la sociedad actual en la que vivimos marcada por las prisas, la inmediatez y la tecnología se está dejando a un lado la espontaneidad del juego y la capacidad de crear e imaginar de los niños. Muchas veces el ritmo de vida actual lleva a los padres a relegar a un segundo plano los momentos de juego con su hijo “es que no tengo tiempo de jugar. Ya jugaremos un rato el fin de semana.”
Quizá deberíamos ver el juego como una inversión para el bienestar de los niños. Jugar es la forma que tienen los niños de poder comprender un mundo que a veces les resulta abrumador y para ello necesitan un adulto, unos padres, que se lo acerquen de forma dosificada. A través del juego los niños aprenden a resolver problemas, calmar sus angustias y elaborar los conflictos y miedos del día a día.
Además, no sólo se mejora la vinculación y el acercamiento entre la madre o padre y su hijo/a sino que puede ser un momento de grandes aprendizajes para él o ella. Durante el juego puede aprender a compartir, respetar los turnos, enriquecer su vocabulario y resolver problemas entre otras muchas cosas. Jugar con los niños a imaginar historias y fantasías ayuda al desarrollo de su creatividad.
Por otro lado, el juego es un momento ideal para poder trabajar las emociones. Les ofrece la oportunidad de probar nuevas formas de comportarse y ver la reacción o la emoción del otro. Durante el juego los padres pueden aprovechar para hablar de sentimientos, tanto de los suyos como aquellos que ven reflejados en sus hijos/as o qué sienten los muñecos en la historia cuando se ha actuado de una manera. Esto les ayuda a desarrollar la empatía y la identificación de emociones, un aprendizaje muy valioso para el resto de sus vidas.
Incluso, a veces, dedicar un tiempo pequeño a jugar de forma diaria con los niños hace que disminuyan sus comportamientos negativos. Quizá hasta ahora, hacer trastadas o portarse mal era la forma de poder recibir la atención de sus padres; sin embargo, si ven que todos los días les dedican tiempo de juego, aunque sea breve, es posible que no tengan la necesidad de llamar la atención de sus padres con comportamientos desafiantes. Si durante el juego dejas que sea su momento y sigues sus normas también estarás enseñándole a respetar las tuyas cuando el tiempo de juego haya finalizado.
Acercarse al mundo interno del niño tiene muchos beneficios, no sólo para ellos sino también para promover un vínculo sano entre padres e hijos. Podréis sorprenderos de lo lejos que puede llegar la imaginación de un niño. Y si os dejáis llevar, puede que incluso os reencontréis con aquel niño que recordasteis disfrutando con un juego.
Carmen Domingo Peña
Psicóloga infanto- juvenil