Hoy en día todos hemos oído hablar de la inteligencia emocional. En algunos colegios desde los cursos de educación infantil, se enseñan herramientas a los más pequeños para desarrollarla; podemos encontrar múltiples libros dedicados a ilustrarnos sobre cómo manejar nuestras emociones; escuchamos noticias, cursos, a otros padres… Pero ¿Conocemos realmente qué es la Inteligencia Emocional? Y lo más importante ¿Nos hemos parado a reflexionar sobre nuestra propia inteligencia emocional?

¿Qué es la Inteligencia Emocional?

Según Salovey y Mayer, unos de los pioneros de este término, se trata de “Una habilidad para percibir, asimilar, comprender y regular las propias emociones y las de los demás, promoviendo un crecimiento emocional e intelectual. De esta manera se puede usar esta información para guiar nuestra forma de pensar y nuestro comportamiento.”

Basándonos en esta definición, podemos ver que consiste en la capacidad de identificar nuestras propias emociones y de aquellos con los que interaccionamos; ser capaces de asimilarlas, comprendiendo por qué estamos sintiéndolas; y de esta manera, regularlas de modo que nos lleven hacia un pensamiento y comportamiento adecuado o adaptativo al contexto en que nos encontramos.

Y es que, nuestras emociones, pensamientos y conductas están íntimamente conectados, influyendo los unos en los otros de manera continua en nuestro día a día. De esta manera, si mi emoción hacia un acontecimiento es negativa, lo más probable es que mi pensamiento y conducta siga la misma línea. Entonces, ¿No podemos manejar los pensamientos y conductas que nos generan las emociones negativas de nuestro día a día? En ocasiones es difícil, pero sí podemos llegar a manejarlo.

¿Cómo?

Es importante tener en cuenta que algunas emociones surgen de manera automática ante una situación, y aquí tendremos que aprender a regular esta emoción y controlar la conducta y pensamiento generado. Pero la mayor parte de las emociones surgidas, son producto de la interpretación que hacemos del acontecimiento vivido. Veamos un ejemplo:

Le pido a mi hija que se ponga a hacer los deberes por tercera vez. Ella me contesta: ¡No me lo digas más veces, que ya voy!

Algunos pensamientos automáticos que pueden surgir ante esta situación pueden ser: “Siempre está igual”, “Nunca se pone a la primera a hacer los deberes. Tengo que estar detrás de ella continuamente”, “El resto de niños nunca hacen esto”

Seguramente las emociones que generen serán negativos: enfado, decepción, rabia, impotencia…

 Y nos llevará a que nuestra conducta sea negativa, estableciendo un castigo, exponiendo una amenaza del mismo, gritando…

Para manejar estos pensamientos automáticos negativos, podemos volver a pensar en lo ocurrido sin hacer valoraciones y haciéndonos algunas preguntas: ¿Es algo que realmente ocurre siempre o nunca?¿Puede ocurrir algo que desconozco y que puede estar influyendo en la conducta de mi hijo?¿Mis pensamientos y reacciones son proporcionales a lo ocurrido? ¿Realmente estoy comprendiendo a mi hijo? Respondiendo a estas preguntas quizá nuestro pensamiento cambie: “Realmente no siempre le tengo que repetir todo” “La mayor parte de lo días se pone a hacerlos en cuanto se lo digo la primera vez, incluso alguna vez se pone ella sola” “Está teniendo una semana complicada, quizá deba acercarme y preguntarle por qué está tan perezosa”

Tras este pensamiento, nuestra emoción puede ser diferente. También puede seguir existiendo el enfado, porque es una emoción natural y nuestro hijo no está realizando nuestra petición. Pero al menos, conseguiremos modular nuestras emociones para dar una respuesta más adecuada y sobre todo, teniendo en cuenta al otro.

¿Y qué repercusión tiene esto en los más pequeños?

Si nosotros conseguimos identificar y regular nuestras emociones de manera adaptativa, serviremos de guía y modelo para nuestros hijos, fomentando y enseñando las bases de una adecuada inteligencia emocional.

Pero además de la importancia de ser modelos para ellos, también existen muchas actividades del día a día y herramientas que podemos utilizar para fomentarla. De todas estas actividades y estrategias nos encargaremos en próximas semanas.

Eva García Oliván

Psicóloga infanto – juvenil