Hace unas semanas hicimos el primer acercamiento a la Inteligencia Emocional. Hablamos de qué se trataba y dimos unas primeras indicaciones de cómo comenzar a manejarla como adultos. Pero, ¿Qué puedo hacer para que los más pequeños la desarrollen desde su primera infancia?

Como decíamos anteriormente en el blog, el conocimiento personal es importantísimo. Si los adultos somos capaces de ser conscientes de nuestros estados internos, nuestros recursos y debilidades, emociones y sus efectos, seremos mucho más capaces de gestionar nuestras emociones. De esta forma seremos un modelo positivo a seguir para ellos.

Pero además, podemos utilizar diferentes estrategias para educar a nuestros hijos en las emociones. Dividimos esta “educación” en las siguientes partes:

Identificación y comprensión emocional                                                                                          

Parece sencillo identificar y saber qué sentimos ¿cierto? Pero si pensamos en nuestro día a día, tendemos a utilizar palabras ambiguas, pobres o generales:

  • “Estoy bien” (¿Alegre, feliz, ilusionado, satisfecho…?)
  • “Estoy mal” (¿Triste, decepcionado, frustrado…?)

Cuanto más somos capaces de identificar nuestros sentimientos, mayor capacidad tenemos de manejarlos. No es lo mismo que un niño esté triste porque su mejor amigo ha cambiado de cole, que esté decepcionado porque esperaba que sus padres le llevaran de excursión.

En este sentido, también hay que tener en cuenta el lenguaje no verbal. ¿Cuántos de nosotros hemos recriminado la conducta de un niño mientras aguantábamos la risa? Estamos enviándole un mensaje confuso en el que le costará identificar las emociones del adulto.

¿Cómo podemos ayudarles a identificar y comprender sus emociones? Con algunas actividades que seguramente haréis de manera frecuente con ellos. Por ejemplo mientras leéis cuentos. Los personajes de las historias que les fascinan, sienten y actúan en consonancia. “Parece que Caperucita está asustada por lo que el lobo le puede hacer ¿No crees?”. También el momento de juego es una ocasión estupenda, tal como señalaba mi compañera hace unas semanas en el post: “¿Por qué es importante jugar con tu hijo?”.

Expresión emocional

Se tiende a pensar que la forma de controlar nuestros sentimientos es reprimirlos, no expresarlos. Pero es una manera de que aparezcan de otro modo, buscando otra vía  de escape.

Expresiones como “No llores por eso”, “no te enfades por esa tontería”… forman parte de nuestro vocabulario habitual. Y ¿es casualidad que además vayan asociadas a reprimir las emociones negativas? Si mostramos comprensión y apoyo, es más fácil que los más pequeños se abran a expresar lo que sienten. ¿Qué ocurrirá al reprimir esos sentimientos? que quizá el niño que no puede expresar su enfado con palabras, lo haga mediante actos. Por ejemplo si se frustra al hacer un dibujo que no termina de salirle bien y lo rompe. ¿No sería más fácil para él expresar su frustración verbalmente a su padre/madre y que éste pueda ayudarle a gestionarla y quizá, terminar con una emoción positiva?

Para ayudarles a expresar sus emociones podemos hablar de varios recursos. Fundamental, como siempre hablamos, ser sus modelos. Que vean que nosotros expresamos adecuadamente nuestras emociones en diferentes situaciones, poner en palabras las emociones que quizá están sintiendo ellos y todavía no son capaces de identificar y expresar… Para esta tarea el momento de acostarse todas las noches es un momento ideal para hacer una “valoración del día”, donde expresamos lo que nos ha ocurrido, nos ha gustado, entristecido…y un momento muy especial para pasar con papá o mamá.

Para esta labor de identificar y expresar emociones os recomendamos el libro “Emocionario: di lo que sientes” de Cristina Nuñez Pereira.

Regulación emocional

Según Goleman, autor del libro “Inteligencia Emocional”: “Una sana maduración personal no pasa por eliminar los sentimientos angustiosos, sino por aprender a detectarlos y tratarlos adecuadamente” De esta forma conseguimos regular nuestras emociones y que no se traduzcan en conductas indeseadas, si no adaptadas.

Una técnica para enseñar a los más pequeños a regular sus emociones, sobre todo las que les llevan a conductas disruptivas, se llama “La técnica de la tortuga”. Generalmente se enseña en forma de cuento y consiste en los siguientes pasos:

  1. Identificar la emoción. ¿Qué siento?
  2. Para, metete en tu “caparazón” y respira. De esta forma les hacemos frenar, se relajen y tomen su tiempo.
  3. Piensa una solución

No deja de ser una para del pensamiento y de la conducta, para aprender a relajarse y regular lo que sentimos, para de este modo, buscar la solución más adaptada para nosotros.  Y como hemos indicado a lo largo de este texto, nada mejor que ser ejemplos: Si vamos en el coche con nuestro hijo y otro conductor nos quita el sitio en el que estábamos señalando que íbamos a aparcar. ¿Será mejor que perdamos el control y directamente comencemos a insultarle, bajar del coche, increparle…? ¿O que tomemos aire, identifiquemos nuestra emoción y pensemos la solución más positiva?

Seguir las directrices de la “Inteligencia Emocional” requiere tiempo y esfuerzo, pero los beneficios de educar en las emociones son múltiples. En un futuro la satisfacción y éxito de los más pequeños no se medirá por lo que les hemos facilitado en el aspecto material, si no por la intensidad y calidad de las relaciones afectivas que establecemos con ellos.

Eva García

Psicóloga infantil y juvenil