Actualmente, existe una sensación creciente de que hoy en día hay una mayor tendencia a sobreproteger a nuestros hijos e hijas. Quizás en parte puede ser fomentado por la sociedad y por el desarrollo y uso de las nuevas tecnologías que al final suponen un nuevo medio de comunicación que debemos aprender a regular en la relación con los niños y adolescentes. Pongamos un ejemplo, las plataformas escolares donde padres y madres pueden tener acceso instantáneo a las tareas y notas de sus hijos privándoles a los chavales de asumir la responsabilidad de llevar su agenda y gestionar sus tareas y tiempos de estudio. Incluso en ocasiones, si olvidan algunas de sus tareas o libros los padres a través de estas plataformas buscan los libros o materiales con el fin de resolverles el problema a sus hijos. Bien, abramos un campo para la reflexión, ¿es esta la opción correcta o es una forma de sobreproteger a nuestros hijos/as?

En primer lugar, voy a introducir brevemente cómo es el desarrollo de los niños en la relación con sus padres. Cuando nacen, los bebés son totalmente dependientes y necesitan de una función maternal constante que les cuide y les provea de todo lo que necesitan. Progresivamente van creciendo y esa simbiosis inicial y total dependencia de la madre o el padre se va difuminando y el bebé va teniendo más herramientas para comprender el mundo. La función de los padres en este momento es presentarle el mundo de forma que sea tolerable para las capacidades de este bebé. Inevitablemente-  porque nos encontramos con padres que naturalmente fallan y cometen errores-  aparecerán experiencias de frustración en el bebé, algo que es igualmente importante para su desarrollo. Ahora bien, qué sucede si los padres están pendientes en todo momento de que a su hijo/a no le falte nada y de que no llore o tenga rabietas ante la frustración de no poder conseguir algo o de caerse cuando intenta caminar.

Vamos a poner un ejemplo. Imaginemos a un niño que está empezando a caminar, es torpe y se cae. Un día se da un golpe con una mesa. En muchas ocasiones cuando estamos con niños nos habremos visto en un juego infantil de pegar a la mesa y decir “¡Mesa mala!” Durante un tiempo, esto es útil para el bebé porque fomenta que siga intentando caminar. Ahora bien, si cada vez que se cae culpamos a la mesa, tendremos un niño que no asume su parte de responsabilidad. De forma instintiva muchos padres progresivamente van cambiando su discurso y dejan de decir mesa mala y empiezan a exigirle que tenga cuidado con la mesa. Así, le están transmitiendo que tiene que desarrollar la capacidad de darse cuenta, que está en su mano estar atento a los objetos de su camino, y por otro lado tenemos a unos padres que están frustrando a su hijo y le están haciendo ver que todas las cosas a su alrededor no giran en torno a sus deseos y que él debe cambiar algunas cosas y desplegar sus recursos.

Si este progresivo fomento de su autonomía por parte de los padres de acuerdo a las necesidades y capacidades de los niños no se genera, acaban dando pie a chicos y chicas con rasgos inseguros y temerosos de afrontar las crecientes demandas tanto a nivel escolar, social, familiar, etc., e incluso chicos y chicas que evitan exponerse a situaciones por miedo a cometer errores. Por ejemplo, a hacer un examen o bien, se derrumban ante un suspenso, porque siempre que se han caído o encontrado con una mesa en su camino los padres han estado ahí para resolverles la situación o decirles mesa mala.

Estas pequeñas fallas y momentos de frustración a lo largo del desarrollo hacen que los niños tengan experiencias crecientes de frustración óptima y de forma progresiva ir aumentando su nivel de tolerancia. Esto permitirá el desarrollo de adolescentes y adultos con capacidades más sanas de adaptación a las exigencias del entorno, así como el desarrollo de capacidades para anticipar en el futuro posibles frustraciones y aprender de sus fallos.

Así que dejadles que se caigan, suspendan y aprendan de la realidad y de las experiencias de la vida. Como padres tenéis una función muy importante, que es acompañarles y ayudarles a levantarse cuando se caigan exigiéndoles cada vez un poquito más.

Carmen Domingo Peña

Psicóloga infanto  – juvenil