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Esta película de finales de los 80 ejemplifica un estilo comunicativo aberrante en la pareja de personajes que han presenciado un asesinato: uno de ellos es sordo y el otro protagonista es ciego. En esta trama cómica se pueden observar las dificultades comunicativas que surgen de sus respectivas deprivaciones sensoriales.

Actualmente está muy de moda hablar de los estilos comunicativos: se escucha hablar de la asertividad (seguro que en otras entradas seguiremos hablando de este término), se hacen virales vídeos de personas que se dirigen a grandes públicos y con una locuacidad y estilos comunicativos envidiables enganchan al espectador sin pestañear.

Sin embargo, me gustaría que en esta entrada pudiéramos observar algo mucho más básico que todo esto: la comunicación directa con nuestros hijos, tengan la edad que tengan. Si son niños les recriminamos que no paran de repetir las cosas, gritan exigiendo que quieren gusanitos y cuando son adolescentes, nos sentimos espantados cuando muestran agresividad verbal o física contra personas y objetos.

No cabe duda que los citados estilos verbales de niños y adolescentes en determinados momentos no son los adecuados y deben ser reconducidos. Sin embargo, siempre ponemos el acento en “el otro” como depositario de la culpa y de la necesidad de cambio. De esta manera entramos en la proyección de los errores siempre en las demás personas (la proyección es la reina de los mecanismos de defensa en toda la sociedad).

Dicho esto, cabe añadir que paseando últimamente por la calle he podido observar de una manera alarmantemente frecuente ciertos estilos comunicativos parentales que me han llamado la atención: “no pegues a tu hermano” (mientras se lleva una torta en la cara), “al final te vas a llevar un tortazo”, “te voy a romper la cara” o directamente ser testigo de esta amenaza.

Si con esta información unimos la idea que de manera frecuente proyectamos en la otra persona la necesidad de cambio y, por otro lado, que nuestra manera de hacernos entender hacia nuestros hijos es en diversas ocasiones a través de la insaciable repetición o la amenaza y/o castigo verbal y físico, tenemos un caldo de cultivo fantástico para establecer un estilo comunicativo parecido al de la película que da título a esta entrada.

¿Por qué nos molesta tanto que nuestros hijos nos griten? ¿Por qué ponemos el grito en el cielo cuando nos llaman desde el centro escolar y nos comunican que nuestro hijo ha resuelto un conflicto entre iguales con la violencia física?

Parece evidente llegar a la conclusión de que el aprendizaje de un estilo comunicativo evolutivamente agresivo nos predispone a interiorizarlo y hacerlo efectivo en nuestros futuros desencuentros vitales.

Los estilos comunicativos se aprenden. Los estilos comunicativos se interiorizan. Deben servir como ejemplo de cómo queremos que solventen nuestros hijos los conflictos diarios. El tener un estilo educativo asertivo requiere tiempo y dedicación, pensar alternativas y ser creativos cuando nuestros hijos nos proponen retos con sus demandas o conductas más desafiantes.

Comuniquémonos. Seamos efectivos. Que la sordera y ceguera social y personal no nos lleve a crear un estilo educativo aberrante con los más importantes, los que son una página en blanco para aprenderlo: nuestros hijos.

Ignacio González Yoldi

Psiquiatra y psicoterapeuta infantil y juvenil