Ahora que se acerca el día internacional de la mujer me apetecía traer al Blog de esta semana a una de las figuras femeninas más importantes en el desarrollo y nacimiento de la psicoterapia infantil. Ella es Anna Freud, hija de Sigmund Freud. Una de sus principales aportaciones y el motivo por la que la traigo hoy a esta entrada, entre otras razones, es por su aportación sobre los mecanismos de defensa. Voy a intentar transmitiros grosso modo qué son estos mecanismos de defensa y que función cumplen.

Para comenzar vamos a hablar de algunos conceptos teóricos para comprender cómo se estructura nuestra psique de una forma muy general. Nuestra psique está dividida en Yo, Ello y Superyó. Bien, pongamos una imagen en nuestra cabeza: esa escena de muchas películas o cuentos donde aparece la imagen de un ángel y un demonio que aconsejan a una persona. Digamos que el Ello será el demonio, no por mala, sino porque es aquella que represente el placer sin filtros, nos dice que hagamos caso sólo a lo que nos gusta, que nos dejemos llevar por los impulsos y los instintos más primitivos y que necesita que se satisfagan inmediatamente. Y por otro lado tenemos al Superyó, el ángel, que es la parte más moralista, que representa las normas que rigen nuestra cultura y que nos sanciona si obedecemos a esos impulsos que se salen de lo correcto. Y en medio tenemos la extenuante e imprescindible función del Yo, quien se encarga de mediar entre ambos e intenta mantenerlos satisfechos para evitar que el conflicto entre ellos nos haga daño. Digamos que es la parte que tiene una visión más realista que intenta por un lado entretener al Ello para retrasar la satisfacción inmediata de sus deseos, y a la vez negocia con el Superyó para que nuestra imagen no se vea dañada y no nos castigue de forma severa, por ejemplo con sentimientos de culpa que nos desborden.

Una vez tenemos esto en mente podemos decir que los mecanismos de defensa son parte de las funciones que tiene el Yo y su recurso para mantener a raya a ambos. Así, los mecanismos de defensa son una pequeña válvula de escape y la forma que tiene el Yo de hacerle creer al Ello que sus peticiones están satisfechas cuando en el mundo real no son posibles. Ahora bien, ¿son buenos los mecanismos de defensa o pueden hacernos sufrir?

Los mecanismos de defensa es algo que todos poseemos y con los que nos manejamos todos los días. Nos protegen muchas veces de que aquellas cosas que nos han hecho sufrir o que no podemos procesar nos vengan a la mente y nos invadan en forma de preocupación o angustia. Sin embrago, hay ocasiones donde uno utiliza de forma repetida los mismos mecanismos de defensa de forma tal que queda encorsetado en una forma de comportarse y de actuar que le limita en su día a día y que al final le termina haciendo sufrir, momento en el que aparecen los síntomas o los problemas que muchas veces llegan a consulta. Vamos a poner algunos ejemplos de mecanismos de defensa que podemos identificar en nuestro día a día:

  • Proyección: Consiste en adjudicar a otra persona emociones o sentimientos que son propios pero que no identificamos como nuestros. Por ejemplo, pongamos que estás en una discusión y la otra persona te dice: estás enfadado y contestas seguido – ¿enfadado yo? ¡Si eres tú el que siempre está enfadado!-
  • Racionalización: Buscar explicaciones lógicas para justificarse a uno mismo. Por ejemplo, un niño o adolescente o incluso adulto que ha hecho mal un examen o ha cometido un error en el trabajo y cuando se lo dicen o le dan la nota por no asumir la responsabilidad de su fracaso o error comienza a decir: no, es que el jefe/profesora no me entiende. Yo lo hice todo bien pero claro si me manda hacer cosas que no hemos explicado yo no sé hacerlo.
  • Desplazamiento: desvío de una emoción (generalmente ira) de su fuente original a un objetivo sustituto. Por ejemplo, la chica o chico adolescente que ha discutido o tiene un problema con los amigos y en vez de expresarles a ellos su descontento llega a casa y discute con sus padres desplazando el enfado con sus amistades hacia sus padres.

Como hemos mencionado previamente, estos mecanismos de defensa cumplen una función de protegernos de emociones o pensamientos que nos resultan intolerables. Así, a través de la relación terapéutica y del vínculo que se crea entre ambos (del cual hablaremos en próximas entradas) se va construyendo una relación de confianza y una sensación de seguridad que va fortaleciendo el Yo de las personas para que, llegado el momento, puedan aceptar sin desmoronarse las emociones o pensamientos de las que les protegían sus mecanismos de defensa.

Como veis la psicoterapia es un trabajo artesanal, que requiere tiempo y paciencia y que avanza poco a poco porque si presionamos a los pacientes tanto niños como adultos a tomar conciencia de sus preocupaciones antes de que tengan un Yo lo suficientemente firme podemos generar una angustia enorme en los pacientes y un malestar muy pronunciado que podría provocar la huida de la persona o un agravamiento de su sintomatología al destapar de forma precoz el pensamiento que resulta intolerable.

Carmen Domingo

Psicóloga Infanto-Juvenil.