Cuántas veces nos ha tocado acudir a un partido, bien como jugadora o bien como espectadora y nos hemos enfrentado a una situación desgraciadamente muy común en los juegos deportivos, un padre o una madre que entrena a su hijo/a desde las gradas o bien que grita al árbitro juzgando su forma de actuar de una forma un tanto irrespetuosa.

Cuando este verano salieron las declaraciones de este entrenador me pareció algo por un lado necesario y por otro me entristeció que aún hoy tengamos que estar recordando aspectos como estos dentro de unos juegos deportivos donde los chavales sólo buscan disfrutar, hacer deporte y pasar un rato agradable con los amigos.

Os voy a pedir un ejercicio de imaginación. Pongámonos en la piel de un chico o chica de unos 10 años que está jugando con su equipo. Desde el banquillo escucha las órdenes de su entrenador pero cuando sale al campo empieza a escuchar dos voces en estéreo que le mandan mensajes confusos, contradictorios. Uno le dice pasa, el otro tira. Uno le manda ponerse a cubrir a su defensora y otro le pide que salga a la ayuda. Al rato, el árbitro comete un error y nuestra jugadora sólo escucha palabras de desprecio hacia el árbitro, críticas hacia su decisión. Finalmente, el entrenador/a decide que es tiempo de que salga otra compañera a jugar y cuando se sienta en el banquillo ve la desaprobación en la cara del padre o la madre acerca de la decisión de sentarla aunque ella no lo entiende, porque en realidad su compañera/o le cae bien y no sabe por qué debería molestarle eso.

¿Habéis podido imaginar por un momento como se puede sentir nuestra protagonista? Angustiada, insegura. En un conflicto de lealtades sobre si debo escuchar al entrenador/a o a papá o mamá, con miedo a cometer un error que pueda desagradar a papá o mamá y que luego me vayan a corregir o criticar. ¿Qué habrá pensado del árbitro? Que es alguien que sólo se sabe equivocar, que no sabe pitar y que encima parece que está permitido meterse con él. ¿Y de su compañera? Quizás ha podido pensar que sí, le cae bien, pero que parece que le está quitando alguna especie de privilegio adquirido y que debe competir con ella a ver quién sale más tiempo o por qué. Pensando esto, realmente creéis que esta niña o niño puede llegar a disfrutar de un partido si se le somete a este nivel de escrutinio. Pensémoslo.

Ahora volvamos al rol de padres y pensemos. Corresponde a un padre o madre asumir el rol añadido de entrenador de su hijo/a o simplemente si acude a los partidos debe mantenerse como un padre que va a disfrutar de su hijo/a. Este entrenador habla muy sensatamente de que él puede que sepa más de baloncesto que el entrenador de su hija pero que cuando asiste como espectador a sus partidos es padre no entrenador. Además, mandándole el mensaje a los chavales de que la voz de autoridad es el entrenador estamos fomentando valores como el respeto a las personas adultas, a la autoridad y en el futuro esto les enseña a respetar a profesores o a futuros jefes o superiores en un trabajo. Sin embargo, si tras el partido escuchan descalificaciones hacia el entrenador probablemente puedan llegar a pensar que el entrenador no tiene ni idea y que es una persona a la cual se puede enfrentar porque desde casa no se están mandando esos mensajes de respeto al entrenador. Recordemos además, que los padres somos los mayores modelos de nuestros hijos/as y que si observan que se le grita al árbitro, se le descalifica o ningunea su trabajo pensarán que eso es algo que está bien, que se puede hacer y quizás en categorías superiores sean ellos mismos quienes se enfrenten al árbitro de forma despectiva.

Finalmente me gustaría mencionar también que aquellos que van a arbitrar, entrenar y disfrutar con vuestros hijos/as son en su mayoría gente que disfruta de ese deporte y que quiere que otros chicos y chicas también lo hagan igual que ellos lo hicieron. Que muchos de ellos lo mantienen como una afición, como un hobbie y creo que es algo que los padres deben aprender a valorar también cuando sienten tanta rabia ante las decisiones de los entrenadores o árbitros.

El deporte en equipo brinda la oportunidad de aprender valores como el compañerismo, la cooperación, el respeto, a compartir y enseña a nuestros chavales a valorar que el esfuerzo de todos puede llegar a crear algo grande dentro de un equipo. No privemos a los chavales con exigencias y competitividades de disfrutar del deporte.

Carmen Domingo Peña

Psicóloga infanto-juvenil