Nuestros niños/as desde pequeñitos necesitan saber cuáles son las normas y dónde están los límites. Es por todos conocido que cuando le decimos “no” a un niño/a pequeño rara vez nos hará caso a la primera y volverá a intentarlo una y otra vez para asegurarse de cuál es nuestra postura. En ese momento nos necesitan fuertes, coherentes y seguros de nuestra decisión para que, pese a la frustración que se les genera, puedan entender que ese límite es lo mejor para su bienestar y que nosotros, que somos sus pilares fundamentales, estamos ahí para procurárselo.

Según la RAE, un límite es un “punto o línea que señala el fin o término de una cosa no material; suele indicar un punto que no debe o no puede sobrepasarse”. Si nos paramos a pensar, en nuestra vida cotidiana estamos rodeados de límites cuya función es protegernos y hacernos conscientes de qué cosas nos están permitidas y cuáles no (porque son peligrosas para nosotros, porque socialmente no están bien vistas, porque hacen daño a otras personas…). Estos límites facilitan una organización mental que nos ayuda a conocer mejor el mundo que nos rodea y a saber movernos en él con seguridad. Sin ellos les dejamos desprotegidos ante una realidad inabarcable y difícil de comprender. En el caso de los niños/as, desde el inicio de sus vidas necesitan que sus figuras de referencia les marquen hasta dónde pueden llegar de manera que se crea una estructura externa invisible que poco a poco el niño va interiorizando y, a medida que va creciendo, va asimilando unos límites y aprendiendo otros nuevos. Este aprendizaje es fundamental para una óptima regulación emocional.

Sin embargo, no debemos olvidar que los límites son una sustancial fuente de frustración que pueden manifestar en forma de rabia o tristeza y nos necesitan ahí para acompañarlos en esa emoción. En muchas ocasiones los propios miedos nos impiden mantenernos firmes y marcar los límites que ellos necesitan. Miedo a sentirnos malos padres, a sentir que se alejan de nosotros, miedo a que vuelva a haber mal ambiente en casa o a que se desborde emocionalmente y lo manifieste de manera conductual. Estos miedos son completamente normales en todos los papás y mamás preocupados por sus hijos, ya que siempre desean hacer lo correcto para ellos y cuando perciben ese sufrimiento es difícil de gestionar. Es esencial tener en cuenta que un niño/a no se sentirá seguro si percibe que sus padres no van a ser capaces de contener sus emociones y hacerse cargo de ellas. Si esto ocurre, aumentarán las probabilidades de que esa inseguridad aumente el nerviosismo del niño y lo manifieste aumentando en número e intensidad las conductas disruptivas demandando inconsciente esos límites que le permitan sentirse seguro y contenido y, con ello, tranquilizarse.

Como padres y madres es de vital importancia tener en cuenta que mantener la autoridad en casa no está reñido con ser afectuosos, sensibles y comprensivos con nuestros hijos/as. Debemos desarrollar las habilidades necesarias para establecer las normas con amabilidad y de manera afectiva, pero sin perder la consistencia y firmeza necesarias para conseguir nuestro objetivo. Debemos ser conscientes de que el vínculo afectivo que construimos con nuestros pequeños/as es la base segura necesaria para que el establecimiento de esas normas y límites se interioricen como un factor de protección.

Cuando llega la adolescencia las batallas se complican. Son más mayores y por lo tanto son capaces de mantenerse firmes durante más tiempo aportando argumentos más sólidos y competentes. Es en este momento en el que muchas familias acuden a la consulta preocupados por la situación, que en muchos casos la catalogan de insostenible. La adolescencia es una etapa compleja llena de cambios no solo físicos y sociales, sino que a nivel cerebral también nuestra mente sufre modificaciones necesarias para prepararse para la vida adulta. Esta situación para ellos es más difícil de manejar de lo que puede parecer y, aunque demandan una mayor autonomía, también necesitan la presencia y el acompañamiento de los adultos como guía para manejar muchas situaciones que les desbordan emocionalmente. Las normas y los límites en la adolescencia deben ser adecuados a sus necesidades, favoreciendo la comunicación familiar a través del diálogo y la escucha activa. Tener en cuenta sus opiniones, fomentar la negociación sin perder de vista nuestro objetivo principal y hacerles sentir miembros importantes y activos de la familia les ayuda a desarrollar las competencias necesarias para abarcar las dificultades en el presente y, posteriormente, en el futuro.

Andrea Vea Eguizábal
Psicóloga infanto-juvenil