Vivimos muy deprisa y la principal consecuencia de nuestro frenético ritmo de vida es el estrés. Tenemos tantas cosas que hacer en tan poco tiempo que nuestro cuerpo se pone en alerta para poder atender a todas nuestras demandas. Para conseguirlo, las glándulas suprarrenales producen una hormona llamada cortisol que es conocida por la comunidad científica como «la hormona del estrés». El cortisol es un glucocorticoide que actúa como neurotransmisor y que se libera como respuesta a situaciones tensionantes e impredecibles para nosotros, con el objetivo de ayudarnos a enfrentarlas. En dosis pequeñas, el estrés puede ser positivo para conseguir nuestras metas ya que, además, también se produce adrenalina en mayores cantidades. Sin embargo, cuando se convierte en un estado emocional recurrente y se produce un exceso de cortisol, actúa como un tóxico y se vuelve contraproducente para cumplir nuestros propósitos. Cuando esto sucede, a nivel físico podemos notar síntomas como taquicardia, mareos, dolor de estómago, falta de energía, apatía, heridas en la boca, dolor de cabeza… A nivel cerebral, numerosos estudios han corroborado que las hormonas que se liberan en situaciones estresantes afectan a las regiones del cerebro relacionadas con la memoria, la orientación espacial y la capacidad de aprendizaje, entre otras.

Un famoso refrán español dice: «Quien mucho abarca, poco aprieta». Y precisamente se refiere a esta multitarea en la que nos embarcamos cuando sentimos que no tenemos el tiempo suficiente como para cumplir con nuestros quehaceres de manera relajada. En estas situaciones, la ambición por abarcar mucho hace que nuestra atención se disperse y, en consecuencia, todo quede inacabado o con resultados bastante menos exitosos de lo que nos gustaría. De la misma manera, esa dificultad para centrar la atención hace que nos resulte más difícil recordar datos simples como si hemos apagado el fuego, dónde hemos dejado las llaves, si entregué aquel documento tan importante o si hemos recogido bien el recado que nos ha dado nuestro familiar. También nos desconectamos más frecuentemente de las conversaciones cotidianas al estar inmersos en nuestros pensamientos y preocupaciones, sintiéndonos más alejados de las personas que nos rodean. A veces, incluso podemos llegar a actuar de manera inapropiada con personas que no lo merecen. Igualmente, si la preocupación se intensifica en algún momento puntual de mayor tensión (exámenes, reuniones importantes, hablar en público…) podemos llegar a bloquearnos mentalmente y tener la sensación de «quedarnos en blanco». En estas circunstancias en las que la memoria nos falla es muy difícil tomar decisiones con las que nos sintamos seguros; hecho que fomenta nuestra incertidumbre y, con ella, la falta de confianza en nosotros mismos, repitiéndose un ciclo cada vez más intenso.

Por otro lado, el cortisol también afecta al ciclo sueño-vigilia, que puede provocar que tengamos más despertares durante la noche, insomnio o sensación de no haber descansado al día siguiente. Esto alterará nuevamente nuestra capacidad de atención y memoria, y favorecerá el mantenimiento de la situación.

Por último, señalar que, si la liberación de cortisol se mantiene, se produce una disminución de la segregación de endorfinas («hormonas de la felicidad»), lo que se traduce en una menor sensación de disfrute en las actividades que antes nos resultaban placenteras, con todo lo que ello conlleva.

Por todo ello, es importante que nos pongamos a trabajar en nosotros mismos para reducir esos niveles de estrés que no nos favorecen en ningún caso. Realizar ejercicio físico con regularidad, mantener una buena higiene del sueño, comer sano y evitar el uso de sustancias como la cafeína, el tabaco, el alcohol… son algunas medidas que pueden ayudarnos. También nos puede funcionar para mejorar el descanso el reducir el tiempo que pasamos con las pantallas (sobre todo antes de acostarnos), así como practicar algunas técnicas de relajación al final del día. Además, guardar un tiempo diario de ocio fuera de nuestras responsabilidades donde realizar actividades que nos gustan y/o compartir tiempo con nuestros amigos, familiares e hijos es uno de los mejores antídotos contra las situaciones de estrés (algo que, precisamente en estos casos, se nos olvida). Para finalizar recordar que, si ponemos todas estas recomendaciones en marcha y la situación persiste, os animamos a contactar con un profesional especializado que sirva de guía para conseguir un mayor bienestar personal y, con ello, una mayor sensación de felicidad.

Andrea Vea Eguizábal

Psicóloga infantil y juvenil