El origen de este concepto surge de los trabajos del psicólogo Andrew Salter en 1949 sobre “desempeño social”. A partir de ese momento muchos autores se interesan por definir de un modo más preciso esta forma de actuar y surge así el concepto de asertividad. En 1977 Wolpe define la conducta asertiva como la expresión adecuada dirigida a otras personas, de cualquier emoción que no sea la respuesta de ansiedad;  o Alberti y Emmons que un año más tarde la definen como la conducta que permite a una persona actuar según sus intereses más importantes, defenderse sin ansiedad inapropiada, expresar cómodamente sentimientos honestos o ejercer los derechos personales  sin negar los derechos de los demás.

En años posteriores se comienza a utilizar el término de Habilidades Sociales por abarcar de forma más amplia las relaciones interpersonales. Existen numerosas definiciones. Aquí os dejamos la de Linehan que, en 1984 define las habilidades sociales como la capacidad compleja para emitir conductas o patrones de respuesta que optimicen la influencia interpersonal y la resistencia a la influencia social no deseada (eficacia en los objetivos) mientras que al mismo tiempo optimiza las ganancias y minimiza las pérdidas en la relación con la otra persona (eficacia en la relación) y mantiene la propia integridad y sensación de dominio (eficacia en el respeto a uno mismo).

¿Por qué en grupo?

Si por habilidades sociales entendemos identificar nuestras emociones, saber expresarlas, reconocer las emociones de los demás, comprenderlas y expresar afecto ante las mismas, qué mejor manera de promover estas habilidades que dentro de un grupo en el que un terapeuta acompaña a sus miembros en ese conocimiento propio y ajeno.

La finalidad de la técnica es la comunicación a través de la verbalización o de “hacer juntos”, compartir vivencias, estimular el pensamiento verbal  y colaborar. Además, al no verse solos, disminuye el sentimiento de anormalidad y facilita el acercarse a las emociones de los demás y a las propias con menos ansiedad, tal como indica la Psiquiatra y Psicoanalista Eulalia Torrás de Bea en su ponencia sobre Los grupos en la atención psicoterapéutica en la infancia y adolescencia.

Cuando nos planteamos formar los grupos y elegir a los integrantes debemos tener en cuenta, como decía Foulkes que no hay que dar perspectivas demasiado largas ni demasiado cortas a los pacientes, sino que sean tiempos realistas. También es importante evaluar las mejoras que podemos conseguir en cada paciente con los grupos y sobre todo los aspectos que señalamos a la familia para que, con el esfuerzo de ambas partes se consigan cambios que beneficien no sólo al niño o adolescente sino también al funcionamiento familiar. Por último,  los terapeutas en un grupo debemos  considerar la historia de cada paciente y la historia grupal que nace ya en la primera sesión.

Normalmente  están conducidos por dos terapeutas, en el que uno de ellos hace de terapeuta y otro de co-terapeuta e incluso un tercero como observador. Los grupos pueden ser abiertos o cerrados, en un número reducido, de tal modo que se trabaje hasta conseguir un objetivo para cada uno de ellos y donde, en el caso de los abiertos,  se puedan ir incorporando nuevos miembros teniendo en cuenta sus características y rasgos de personalidad. La frecuencia, de una vez por semana con una hora y media de duración, nos permite tener la continuidad necesaria para que el grupo avance.

Otro aspecto a tener en cuenta es el contenido del grupo – temas a tratar- que  varía en función de los intereses de los miembros o bien puede ser propuesto por el terapeuta si parece que existe una preocupación que se repite entre los participantes.

Si consideramos las habilidades sociales como el arte de relacionarnos bien con los demás, ¡seamos artistas!

 

Rosana Gallegos Pascual

Psicóloga infantil y juvenil