• ¿Qué tal estuvo la fiesta de cumpleaños de tu hijo?
  • Estuvo genial. Lo pasamos todos muy bien y los niños estuvieron jugando sin parar.
  • ¿Le gustaron los regalos?
  • No me digas nada. Me dejé una pasta en un regalo enorme y después se pasaron la mayoría del tiempo jugando con la caja y escondiéndose dentro de ella.

La pregunta se responde casi de manera automática al leer esta viñeta clínica. La capacidad de sorpresa con nosotros mismos y con los elementos que nos rodean de manera habitual en nuestro día a día es inversamente proporcional a nuestra edad. Es decir, cuanto más pequeños somos mayor capacidad de sorpresa.

La velocidad con la que nos movemos habitualmente nos ha convertido en máquinas cuyo objetivo primordial es resolver situaciones de manera frenética. La finalidad que estamos aprendiendo es que cuanto antes se resuelva y mejor resuelto esté, encarna la vitola de exitoso. ¿Debe ser realmente así? ¿Nos satisface realmente?

Sin embargo cuando observas a un niño (cuanto más pequeño más fácil es poder darse cuenta) su gestualidad e intensidad con la que vive elementos rutinarios es fascinante. Su inquietud motriz cuando ve de nuevo los juguetes con los que disfruta todos los días, la cara de felicidad por volverte a  ver cuando hace exactamente cinco minutos que has faltado…  de esta manera nos enseñan que quizás las prioridades que nos imponen en la edad adulta no generan mayor bienestar que las que de manera automática nos hacen extremadamente dichosos en la infancia.

Por otro lado tenemos la tenebrosa certeza que desde nuestro púlpito que nos otorga la edad adulta lo sabemos todo. ¿Podemos ponerlo en entredicho? Transmitimos la idea casi de manera constante de “anda ven, ya te voy a decir yo qué es lo que tienes que hacer”. El otorgar espontaneidad al tiempo libre que tienen, dejarse llevar con ellos a través de su creatividad (coartada de forma radical en la infancia actualmente, como si se tratara de un elemento demoníaco) y, sobre todo, acercarse con interés y respeto a su mundo, donde el sorprenderse y vivenciar las emociones positivas asociadas a todos estos elementos es tan habitual como dormir y comer.

Podríamos pensar que hay una parte romántica y melancólica en todo esto que estoy relatando y que no hay una manera clara de llevarlo a la edad adulta y a la velocidad con la que nos exige la sociedad movernos y solventar problemas. Quizás respondería con otra pregunta: ¿nos estamos poniendo una excusa para no pararnos a pensar y retomar aspectos olvidados de nosotros mismos? ¿Ha vencido la rutina aportando una tonalidad gris a nuestra existencia?

Es nuestra decisión dejarnos llevar por unos momentos por un estribillo que nos encanta, es nuestra oportunidad saborear unos versos que nos transportan a momentos personales intensos, dejarse acariciar por un día soleado y sentir que estamos vivos y, sobre todo, que decidimos de forma consciente sentirnos así con esos elementos que nos llevan y transportan a esas sensaciones. ¿Realmente tenemos que invertir tanto tiempo para esto, o simplemente hemos perdido la capacidad para ello?

Ignacio González Yoldi

Psiquiatra y psicoterapeuta infanto-juvenil