Pasadas las Navidades, podemos afirmar que realmente ha comenzado el nuevo año. Comenzamos la normalidad de la rutina diaria y es como si hiciéramos un reset, aunque hayan pasado ya varios días desde el inicio del año. Y aquí es donde comienzan a los propósitos de año nuevo. Si, comienzan, porque desde el día 1 hasta este momento, no comenzamos a actuar, aunque los hayamos pensando con anterioridad. ¿Cuántas veces escuchamos, “en cuanto pase reyes me pongo a dieta?”
Estos propósitos se basan en nuestro “ideal del yo”, en lo que deseamos llegar a ser o conseguir. Generalmente este ideal está influido culturalmente y no tiene en cuenta las posibilidades reales de lo que soy. Esto último es la variable principal de que en muchas ocasiones, estos propósitos terminen en fracasos.
El hecho de plantearnos cambios en nuestra vida es positivo. El ser humano vive en un constante cambio. Y lo que nos motiva hacia ellos son las recompensas que podemos obtener, ya sea al evitar algo negativo que está sucediendo en ese momento; o algo positivo que obtendremos a posteriori. Gracias a estas consecuencias, nuestra motivación es mayor o menor y se mantiene o no en el tiempo.
Porque, pensemos en los propósitos que nos planteamos habitualmente: ir al gimnasio, dejar de fumar, aprender idiomas, organizar mejor el tiempo, mejorar en el trabajo… Todas ellas reúnen la características que hemos comentado (recompensas en forma de satisfacción personal, reconocimiento, aumento de recursos, salud…) y por tanto, nuestra motivación tendría que ser enorme. ¿Entonces por qué fracasamos?
Porque una parte fundamental de estos objetivos es analizar nuestras posibilidades reales: ¿Realmente voy a conseguir ir al gimnasio 4 veces por semana? ¿O tengo que plantearme iniciar por 2 días a la semana?; ¿Tengo el tiempo suficiente para ir a las clases de inglés y estudiar después?
Además de ser conscientes de la inmediatez de los resultados que pedimos en ocasiones, por el ritmo vertiginoso que vivimos actualmente. Esta necesidad de inmediatez nos hace frustrarnos aún más cuando la recompensa se demora.
Por tanto es importante plantarse cambios alcanzables, cuya vía sea asequible y no nos frustre a la primera de cambio; no centrarse en la inmediatez de los resultados, conseguir disfrutar del camino que nos lleva hasta ellos.
Desde este blog, también os lanzo una propuesta, ya que el año nuevo nos anima a los cambios, ¿Por qué no cambiar este año esos propósitos de año nuevo? ¿Y enfocarlos a pequeñas cosas que tenemos más cerca y a veces pasan desapercibidas? Centrémonos en disfrutar de un rato de juego con nuestro hijo, en saborear el café de la mañana, preguntarle a nuestra pareja cómo le ha ido el día, interesarnos por los gustos cambiantes de nuestro hijo adolescente, visitar a familiares, dar un paseo con ese amig@… Mi propósito de año nuevo es el tiempo, tiempo para disfrutar de lo que realmente importa.
Eva García Oliván
Psicóloga infantil y juvenil