Esta semana quiero traer al blog uno de los temas que se abordaron en la tercera charla que se impartió en nuestro centro en Semana Santa. En entradas pasadas hemos hablado sobre los estilos de apego en la infancia, pero hoy veremos cómo esos estilos de apego determinan muchas de las elecciones que hacemos en el futuro, como por ejemplo, en la elección de pareja.
¿Cómo se relacionan las parejas entre sí en función de sus estilos de apego? En primer lugar querría aclarar que no existen estilos de apego puros, es decir, que en la vida real nos encontramos un estilo de apego predominante pero existen elementos de otros estilos de apego. No olvidemos tampoco que somos seres sociales y que nuestra forma de relacionarnos con los demás también será diferente en función de cómo sea la persona que tenemos en frente, por lo tanto, podemos inferir que los estilos de apego no se establecen siempre de la misma manera con todas las personas.
La construcción de un apego culmina con la creación de un Modelo Interno de Trabajo que define cómo procesamos la información. Estos modelos internos van a determinar 1) cuál es mi visión sobre mí mismo, es decir, mi autoestima y 2) qué visión tengo del mundo, es decir, si el mundo es un sitio de confianza que me puede ayudar (apego seguro), o unas veces me ayuda y otras me perjudica y no sé si es un sitio confiable (apego ansioso-ambivalente), o bien si es un sitio hostil y peligroso del que tengo que defenderme (apego evitativo.)
Hechas estas aclaraciones, veamos cómo influyen nuestros modelos de apego a la hora de buscar una pareja. Una persona con un apego mayoritariamente seguro, es decir, que tiene una autoestima buena y una percepción de sí misma como valiosa y además ve el mundo como un sitio donde se puede confiar, explora con mayor facilidad a la hora de buscar pareja. Cuando establece una relación lo hace desde un vínculo sano donde hay una confianza el uno el otro. Son autónomos, es decir, que cada uno puede hacer su vida separados y posteriormente se juntan y comparten una vida común sin angustiarse por qué estará haciendo o con quién. Poseen ideas más realistas sobre el amor, saben además que se puede romper y tienen mejores habilidades no sólo para llevar a cabo una ruptura sino también para superarla.
Una persona con un apego ansioso-ambivalente ha tenido experiencias de que su figura de apego a veces no ha estado presente cuando la necesitaba o no ha sabido escucharle cómo ella necesitaba. Por lo tanto, tiene una visión de sí misma de ambivalencia (a veces soy valiosa pero otras veces soy rechazada) y una visión del mundo como impredecible (no sé si los demás me ayudarán o si por el contrario me abandonarán.) Cuando estas personas encuentran pareja, establecen relaciones muy dependientes. Buscan de forma constante la confirmación de que se les quiere y se angustian ante momentos de separación porque sienten que es probable que le abandonen o que le traicionen. Esta dinámica de ansiedad y dependencia, de “tengo que estar pegado a ti porque si no me puedes abandonar y tengo que hacer lo que tú me pidas para que no me dejes” da lugar no sólo a relaciones tóxicas sino también a relaciones muy marcadas por los celos y conductas posesivas. Además, son personas que pueden llegar a generar cierto rechazo en la otra parte de pareja ya que tienen una sensación de que el amor que reciben nunca es suficiente, es decir, pueden hacer reproches del tipo “yo siempre estoy cuando me necesitas y tú nunca me demuestras que me quieres lo suficiente.” Es una sensación de querer más de forma constante porque para ellos nunca se demuestra suficiente amor ya que la sombra del abandono está siempre acechante. Es frecuente que busquen relaciones precipitadas ante la dificultad para estar solas, tienen muchas dificultades para superar una ruptura y puede que se agarren a un clavo ardiendo o que mantengan una relación de pareja de maltrato- “yo dejo que me diga cómo maquillarme o cómo vestirme porque es que me quiere y se preocupa por mí” o “es normal que nos revisemos nuestros móviles porque tengo que saber qué habla con otras chicas o chicos para que no me la pegue.”
Finalmente tenemos un estilo evitativo. Estas personas han tenido una experiencia temprana de vinculación con sus figuras parentales donde cada vez que se mostraban vulnerables, lloraban o demandaban cuidados las figuras de cuidado no estaban disponibles, no les atendían o les decían cosas como “no llores” o “así no puedo estar contigo” de forma constante. Tuvieron que aprender de forma temprana a mostrarse autónomos y fuertes, ocultando sus necesidades y emociones negativas para evitar el reproche o el rechazo. Por lo tanto, vamos a tener adultos o adolescentes que se muestran fríos y distantes en las relaciones con los demás. No muestran sus sentimientos y van por la vida con una especie de coraza, de duros e insensibles que en realidad esconde un sentimiento de dolor y fragilidad que no pueden hacer ver a los demás. De esta forma, cuando intenta establecer relaciones de intimidad con su pareja va a tener muchas dificultades. Temen mostrarse frágiles y vulnerables por miedo a ser rechazados y por lo tanto van a ser personas que no van a mostrar sus emociones con facilidad. Van a tener más dificultades para encontrar o establecer una pareja estable porque eso implica dejarse cuidar y mostrarse delicado en momentos. Además, como se muestran duros y poco expresivos van a aparentar facilidad a la hora de romper una pareja y van a tener ideas del amor negativas y pesimistas como una defensa para no mostrarse vulnerables.
Este tema daría para muchas más entradas y para conocer también cómo la forma en que cada uno vive su sexualidad es muy distinta y puede verse afectada desde la más tierna infancia. Me gustaría finalizar con un halo de esperanza. Como hemos dicho, la forma de vincularnos a los demás depende en gran medida del tipo de vínculo y de relación que el otro nos devuelve en esa interacción. Por lo tanto, existen lo que conocemos como experiencias emocionalmente correctoras, personas que con tiempo, paciencia e incondicionalidad pueden ayudar a moldear o a cambiar ciertos patrones relacionales que han sido forjados de forma histórica suponiendo una reestructuración de esos modelos internos y pudiendo aportar una nueva posibilidad de vinculación que resulte reparadora a los miedos y fantasmas del pasado.
Carmen Domingo Peña
Psicóloga Infanto-Juvenil.