El niño que juega es un niño sano.
D.W. Winnicott
El juego es algo que comienza desde la más temprana infancia. A lo largo de su desarrollo este juego va cambiando acorde al desarrollo evolutivo del bebé. El juego en los bebés y en los niños sirve para que puedan manejar y elaborar preocupaciones, conflictos y angustias que surgen en su vida cotidiana. Digamos que a través del juego los niños van comprendiendo su realidad externa y también su mundo interno de emociones y sensaciones en un mundo intermedio que se llama juego.
Traigamos a la mente un bebé de alrededor de un año. Cuantas veces nos habremos visto recogiendo un juguete del suelo una y otra vez o viendo cómo se desternilla de risa cada vez que desapareces y aparecer de nuevo en ese juego de “¡Cu-Cu!… ¡Tas!” Pues bien, ¿qué función tiene ese juego para nuestros bebés?
A esas edades comienzan a aparecer en los bebés miedos evolutivos y normales del desarrollo. Uno de ellos es el miedo a los extraños que aparece sobre los 8 meses. Los bebés que hasta ahora se iban con todo aquel que le ofreciera unos brazos empiezan a mostrarse más recelosos, buscan a su madre y lloran si no está cerca. Empiezan a ser conscientes de que mamá se aleja. Progresivamente comienzan a experimentar angustia ante su separación.
De forma espontánea la mamá o el papá comienzan a jugar con su bebé al ¡Cu-Cu…!- ¡Tas! Se tapan con las manos y aparecen de nuevo sonrientes y alegres. Parece un juego tonto y sin importancia visto desde el mundo adulto, pero para el bebé es tremendamente importante. A través de esos periodos de escondite comienza en la cabeza del bebé a hacerse a la idea de la partida de la madre o del padre. Son micro-ensayos para las futuras separaciones madre -hijo. Progresivamente pasa a ser el bebé el que se tapa los ojos y se los destapa descubriendo que mamá se va pero siempre vuelve. Cuando la madre “vuelve” se genera una gran alegría en ambos. La madre o el padre sonríen y le dicen “¡Estás aquí!” como queriéndole decir “¡cuánto te he echado de menos!” y el niño se reconforta.
Todo este juego lo que permite es ir elaborando la idea de que tras una despedida o una separación existe un reencuentro, y por tanto, las separaciones son temporales. Se va afianzando la idea de que aunque no vea a mamá o papá siguen ahí. Tras este periodo de juegos donde el bebé aprende a mantener a los papás en su recuerdo, es cuando la mamá comienza a introducir ese objeto transicional, ese osito de peluche o esa mantita de la que se habló en entradas anteriores.
De hecho, es un juego que puede repetirse varios meses más allá donde se sigue elaborando esa preocupación por la separación y que puede resurgir en los inicios de una guardería. En ese momento podemos vernos jugando al escondite aunque de forma diferente. Se esconden, pero detrás del mueble o del sofá se asoma un pañal. Pero papá o mamá juegan que no lo ven. Hablan en voz alta diciendo que dónde se habrá ido, qué voy a hacer sin él con lo que lo quiero y van hablando de lo que les preocupa perderles. El niño/a ya nervioso sale y te asusta “¡Uhhh! ¡Qué estoy aquíiii!” Esto genera en el infante la sensación de que a mamá o a papá le importo, se preocupan si no me ven, me echan en falta igual que yo a ellos y se alegran de encontrarme.
Parecen juegos sencillos y sin importancia pero pensad en el gran potencial que tienen. Este tipo de juegos son señal de un desarrollo sano del bebé y permiten ir alejándose de la figura maternal y salir de la dependencia inicial y normal de los bebés. Es por tanto, el camino hacia su autonomía y hacia la socialización; además de fomentar el desarrollo de la creatividad, la imaginación y la fantasía.
Carmen Domingo
Psicóloga Infanto-Juvenil