Muñecos, plastilina, un balón, papel, pinturas.

Depresión, ansiedad, fobias, psicosis, inestabilidad emocional, enuresis, disfuncionalidad en el ámbito familiar, estructuras de personalidad patológicas… forman parte del día a día en la consulta. Pero: ¿quién está al otro lado de la mesa?

La formación como terapeuta implica muchos elementos que resultan invisibles a los ojos del otro y cristaliza en el momento concreto en el que se produce ese intercambio tan especial que ocurre en la transferencia terapéutica de la consulta.

Como terapeutas resulta fundamental comprender nuestras propias vivencias como elementos que interfieren en la consulta de manera constante. Por ello es imprescindible que elaboremos y abordemos nuestros miedos, fragilidades o elementos educativos familiares que puedan influir en nuestra manera de interactuar con el paciente.

Es muy manida la expresión de: “en mi trabajo hago mucho de psicólogo”. Nada más lejos de la realidad. Cuando escuchamos esto directamente se piensa que la labor de una terapeuta es escuchar y dar consejos. La realidad en este caso nos lleva cada día más allá.

Abordamos con escucha empática las dificultades del otro, tratando de controlar nuestras experiencias previas para no posicionarnos a favor del paciente o para evitar enfadarnos con él si interfiere con nuestro sistema de valores adquirido. A partir de ahí, establecemos una estabilidad propia de un equilibrista entre nuestras creencias y las necesidades del paciente.

Evaluamos de manera concienzuda su estructura de personalidad y en base a nuestro periodo de evaluación estructuramos un sistema de trabajo que está orientado a poner encima de la mesa infinidad de herramientas y conversaciones generadoras de pensamiento propio por parte del paciente que, siempre desde su voluntad y perspectiva personal, generan cambios que generaliza en su vida y cristalizan en salud mental para él y su entorno.

Trabajamos personalmente la capacidad de no vernos desbordados por la problemática que observamos porque de esa manera no seríamos valiosos para nadie ya que actuaríamos desde la subjetividad y el desbordamiento emocional.

Asociados a todos estos elementos técnicos y otros muchos que darían cabida para más entradas del blog abordamos con pasión cada paciente, cada familia que confía en nuestra profesionalidad. A pesar de todo esto, convivimos con abundantes momentos en los que la frustración es parte habitual de nuestro día a día. Esto nos hace replantearnos nuestras hipótesis y seguir estudiando y formándonos con la finalidad de aportar mayor calidad a nuestro trabajo.

Esto podemos encontrar, y mucho más, al otro lado de la mesa.

Ignacio González Yoldi

Psiquiatra y psicoterapeuta infantil y juvenil