Como Albert Bandura defendía en su Teoría del Aprendizaje Social, el ser humano aprende a interaccionar con el medio que le rodea mediante la observación de “modelos”, es decir, otras personas que nos aportan referencias y nos ayudan en nuestro desarrollo. Este proceso de socialización es clave en nuestra vida, nos ayuda a adaptarnos y a encontrar nuestro sitio en el mundo, así como a adquirir una serie de normas básicas de convivencia, valores y creencias.
En el caso de los niños, debido a la proximidad y al contacto directo y frecuente, la familia se convierte en el primer instrumento en su socialización. A estas edades tempranas, los modelos de comportamiento más próximos son fundamentales y se tiende a imitar su conducta, independientemente de que ésta sea adecuada o no. Además, nuestra actitud y respuesta frente a las acciones del niño pasa a ser clave para fomentarlas o inhibirlas, y los más pequeños tenderán a actuar de aquella manera que consideren que les reportarán una mayor recompensa externa. Por lo tanto, la consolidación de las conductas no es automática, sino que dependerá en gran medida de la respuesta que den los padres ante las mismas.
Por ello, animo a que nos preguntemos, ¿cuáles son las cualidades que como padres o madres querríamos desarrollar en nuestros hijos? Desde nuestra experiencia en la consulta, lo más habitual es recibir respuestas del tipo: que no sea tan contestón, que tolere mejor la frustración, o que regule mejor sus emociones, dentro de un largo etcétera.
Sin embargo, si centramos la mirada en el día a día, ¿cuánto tiempo invertimos de manera intencionada en desarrollar esas conductas? En una sociedad frenética como la nuestra, plagada de estrés y días agotadores, donde solemos vivir a contrarreloj, llegar a casa suele representar el momento de relax, de tirarnos en el sofá y poder disfrutar de un momento de tranquilidad. ¿Y entonces, cómo y cuándo podemos sacar tiempo para influir en nuestros hijos y ayudarles a desarrollar todas esas conductas positivas?
Que esto sea importante, no significa que haga falta hacer malabares para lograr nuestros objetivos, porque simplemente los momentos cotidianos del día a día son verdaderas oportunidades para ayudarle a nuestros hijos a desarrollarse plenamente como personas. Los niños no requieren una cantidad inmensa de horas de constante atención, sino que aquellos pequeños momentos que podamos compartir con ellos sean de calidad, favoreciendo la expresión y comunicación emocional.
Por otro lado, es fundamental no descuidar ningún punto de nuestra comunicación, ya que los niños no sólo se centran en las palabras, sino en otros muchos factores: ¿cuántas veces nos hemos visto gritándole a nuestros hijos diciendo que baje el tono de voz, o diciéndole que no nos pasa nada cuando claramente estamos disgustados por un tema del trabajo? Los niños también reciben multitud de información mediante el lenguaje no verbal (gestos, miradas, tono de voz…) que puede influir en cómo ven la imagen que los demás tienen sobre ellos y en cómo se perciben a sí mismos.
Por ello, es importante que además de trasmitirles unos valores claros de convivencia, la información que les demos vaya en sintonía con lo que hacemos y sentimos. ¡Sabemos que sois capaces de conseguirlo!
Elena Hernández Casado
Psicóloga sanitaria infantil y juvenil