La comunicación es la base de una buena relación de pareja. Es a través de la comunicación como conocemos a la otra persona: sus gustos, necesidades, deseos, inquietudes… y es a través de ella como mejor se solucionan los conflictos. Si bien todas las parejas discuten, hacerlo desde el respeto y la tolerancia es fundamental. Por ello es importante expresar nuestros argumentos desde la asertividad, escuchar la opinión de la otra persona y respetar su punto de vista sin incurrir en: gritos, insultos, humillaciones o un lenguaje corporal agresivo e inadecuado.

Como comentábamos en entradas anteriores, los niños/as pasan mucho tiempo observando a sus figuras de referencia para aprender de ellos e imitar sus comportamientos. Por ello, los conflictos y las diferencias que se presenten en la relación entre sus progenitores pueden convertirse en una oportunidad para dar ejemplo sobre cómo han de solucionarse los conflictos y a entender que se pueden tener y defender puntos de vista diferentes, sin que ello suponga perder las formas y/o hacer daño a la otra persona.

No obstante, es probable que en alguna ocasión nos descubramos actuando de  manera agresiva, irrespetuosa o incluso desproporcionada en una discusión en la que, además, haya testigos tan importantes como lo son nuestros hijos. Si restamos importancia a estas conductas con el objetivo de que no se alarmen por lo ocurrido, les enviamos el mensaje de que los gritos, las faltas de respeto y la falta de control de impulsos están permitidas en ciertas situaciones. Asimismo, si esto ocurre de manera continuada y no hay una correcta reparación, los niños se acostumbrarán a vivir en un ambiente de tensión que generará en ellos sentimientos de intranquilidad, miedo e incertidumbre ante la falta de control que les produce vivir en ese ambiente. Es más, aunque en muchas ocasiones las familias aseguran que sus hijos no se percatan de las discusiones parentales, si a estos se les ofrece un espacio de confianza donde expresarse como la consulta, se pone de manifiesto lo conscientes que son de lo que está sucediendo y el malestar que estas les producen. Si bien no dicen nada para no aumentar la preocupación de sus figuras de referencia, podemos observar en ellos ciertos comportamientos o actitudes que nos dan pistas de que la situación les está afectando negativamente y pueden por ello manifestar comportamientos regresivos, más llamadas de atención, falta de concentración en los estudios, rabietas más intensas, aumento de los conflictos con compañeros o profesores…

En estos casos, lo recomendable es que podamos encontrar un espacio de tranquilidad para hablar con nuestros hijos/as acerca de lo que está ocurriendo. Explicarles que ante un mismo escenario podemos tener diferentes puntos de vista, opiniones y maneras de actuar y que eso no significa que queramos menos a la otra persona o que sea algo que no se pueda solucionar. Esto abrirá un espacio de diálogo en el que puedan expresar cómo se han sentido y podamos minimizar los miedos que hayan podido aparecer, resolviéndoles las dudas y ayudándoles a entender ampliamente la situación. De la misma manera, si en la discusión ha habido algún comportamiento o palabra fuera de tono es muy positivo hablar de ello con los niños/as, reconociendo nuestros errores y pidiendo disculpas tanto a los hijos como a las otras personas a las que hayamos podido ofender. Por último, las muestras de cariño con nuestra pareja (besos, abrazos, sonrisas, “te quiero”, caricias…) cuando la discusión se haya solucionado relajará la tensión en el ambiente y favorecerá la tranquilidad y seguridad en los más pequeños.

En las situaciones más delicadas y que requieran de otro tipo de medidas, también es importante ofrecerles una explicación adecuada a su edad para que puedan disminuir su ansiedad, así como permitirles expresar sus sentimientos y despejar sus dudas al respecto. En estos casos, somos conscientes de que las dificultades en la comunicación de pareja aumentan significativamente. Sin embargo, no debemos olvidar que son estos momentos de mayor vulnerabilidad cuando nuestros hijos/as se sienten más desprotegidos y nos necesitan más, aumentando su hipervigilancia. Es por esto que cuidar la comunicación y gestionar las situaciones de dificultad de una manera adecuada, abriendo canales para la comunicación entre padres e hijos es lo que va provocar que se sientan más tranquilos y seguros, mejorando así su bienestar y confianza en nosotros.

En definitiva, nos gustaría subrayar que un conflicto entre los padres puede ser una oportunidad beneficiosa para que nuestros hijos aprendan a gestionar situaciones similares en el futuro de una manera satisfactoria, expresando sus opiniones de forma adecuada y sin que ello suponga alejarnos afectivamente de las personas que queremos.

Andrea Vea Eguizábal

Psicóloga Infantil y Juvenil