Decía Platón: «Puedes descubrir más de una persona en una hora de juego que en un año de conversación». Y es que el juego es una herramienta muy poderosa de aprendizaje, estimulación y relajación tanto para los niños/as como para los adultos que mejora nuestra salud física y mental.
Durante la infancia, el juego es fundamental para que los niños y niñas fomenten su creatividad e imaginación, desarrollen su psicomotricidad, mejoren sus habilidades sociales, controlen su impulsividad y aprendan a conocerse a sí mismos y a relacionarse con el entorno que les rodea, entre otras destrezas. Además, está demostrado que en la edad adulta el juego continúa teniendo los mismos efectos que en las primeras etapas de la vida. Por lo tanto, jugar con nuestra pareja, con amigos, con nuestra familia, con los compañeros de trabajo, con nuestros hijos/as… es una buena manera de cuidarnos a nosotros mismos/as y continuar mejorando nuestras capacidades.
Una investigación elaborada por la Universidad de Princeton (EEUU, 2019) reveló que cuando padres e hijos juegan juntos sus cerebros se conectaban de forma dinámica, es decir, que en ocasiones el cerebro adulto lideraba la actividad del cerebro del bebé pero en otras ocasiones era el cerebro más desarrollado el que estaba siendo liderado y estimulado por el de su hijo/a. Asimismo, otro estudio de Famosa realizado en 2018 destaca que jugar con los más pequeños tiene beneficios tanto para los niños/as como para sus padres. De hecho, el informe afirma que un 50,7% de los progenitores considera que jugando con sus hijos ha encontrado soluciones que ha podido aplicar en su vida cotidiana, además de sentir que mejora la comunicación con ellos. Igualmente, según se ha verificado, los adultos que juegan con sus niños mejoran su capacidad resiliente, sienten que contrarrestan tensiones acumuladas y descubren talentos y habilidades ocultas hasta esos momentos.
El juego nos permite entrar en un ambiente diferente con nuestros hijos/as, dejando de lado la autoridad y acercándonos a ellos en nuestra versión más amable. Compartir un momento de juego con nuestros pequeños/as es una forma de entrar en su mundo y conocer sus gustos y aficiones, sus preocupaciones y miedos, su forma de pensar en diferentes situaciones, su manera de relacionarse… hechos que nos permitirán estrechar lazos y fomentar un vínculo afectivo basado en una mayor confianza. De la misma manera, desde la consulta observamos que los hijos que juegan con sus padres tienen un mejor autoconcepto, mejor capacidad de concentración, mayor éxito escolar y una mejor regulación emocional en la relación con sus iguales.
La interacción entre padres e hijos a través del juego es importante para el desarrollo cerebral desde el nacimiento. Las caricias, los besos, los masajes, las risas, las muecas, los balanceos… en los primeros meses de vida son esenciales para que puedan asumir un juego más elaborado a medida que van creciendo. Posteriormente, jugar inventando diferentes escenarios, los juegos al aire libre, montar rompecabezas, hacer manualidades juntos, jugar a cualquier juego de mesa que os divierta o unirse a una guerra de cosquillas pueden ser algunas ideas que os ayuden a acercaros a vuestros niños/as para alcanzar los objetivos de los que hemos hablado durante el artículo.
Como dice el doctor en neurociencias de la Universidad de Óxford, Francisco Mora: “El cerebro solo aprende si se emociona”. ¿Se os ocurre una mejor manera de emocionar el cerebro de vuestros pequeños/as que jugando con ellos?
Andrea Vea Eguizábal
Psicóloga Infantil y Juvenil