Frecuentemente, atendemos en consulta a padres y madres preocupados porque sus hijos se pelean. Sienten que no son buenos padres y que han perdido el control de la situación e incluso piensan en rendirse porque creen que ya han utilizado todas las herramientas disponibles a su alcance para frenar las disputas. Esta sensación de impotencia suele ser debida a que cuando nuestros hijos se pelean nos resulta difícil distanciarnos de la situación. Esto hace que intentemos resolver el conflicto centrándonos únicamente en su “ruido” en lugar de entender las causas por las que se ha generado.

La relación entre hermanos es muy especial, pero a su vez muy compleja. Es una de las conexiones en la que más tiempo invertimos, sobre todo en los primeros años de vida, pero a la vez una de las pocas que no podemos elegir, ya que nos viene determinada por la familia en que nacemos. La convivencia, a nivel general, puede ser complicada, y más entre niños de una edad similar, que comparten tanto un mismo espacio como el cariño de sus padres. Esto se ve agravado porque todavía no tienen estrategias efectivas para solucionar sus conflictos.

Como hablábamos en entradas anteriores del blog, las peleas son una de las herramientas más primitivas de las que hacen uso los niños para posicionarse en su entorno. Además, dentro del contexto familiar existen muchas razones para discutir: el juguete más bonito, el mejor sitio en el sofá, elegir qué canal ver en la televisión, etc. Sin embargo, esto solo es la punta del iceberg. Si profundizamos debajo de todo ello, solemos encontrar celos, búsqueda de atención de los padres, y en definitiva, la necesidad de sentir que tienen un rol importante dentro de la familia.

Por eso es habitual ver a dos hermanos peleándose y al poco tiempo riéndose de algo que solo ellos entienden. Esa es la manera que tienen de definir su identidad y en la que aprenden a relacionarse con el otro. Sin embargo, las peleas pueden ser solo una fase del desarrollo de nuestros hijos como seres sociales, o pueden convertirse en la forma de relacionarse a nivel familiar.

Cómo padres es importante que aprendamos a poner límites a estas conductas para que no se conviertan en la forma de relación habitual entre hermanos. No obstante, no podemos limitarnos a detener el conflicto en sí, sino que debemos ser capaces de ver debajo de ese iceberg del que hablábamos y de responder a las necesidades afectivas que nuestros hijos nos están señalando mediante gritos.

Ante una pelea, los padres debemos ser ese árbitro que es capaz de pitar falta cuando ve una conducta inadecuada en el campo. Cómo decíamos arriba, los niños aún no tienen estrategias eficaces para ofrecer su punto de vista y por ello, somos nosotros quienes debemos actuar como mediadores y enseñarles maneras diferentes de resolver las situaciones. Es importante que no tratemos de razonar con ellos inmediatamente después de cortar la pelea, pues lo único que conseguiremos es formar parte de ella. Los niños necesitan un tiempo para bajar la emoción y, una vez pasado ese tiempo, se podrá hablar sobre lo que ha pasado y reiniciar el juego entre hermanos.

Uno de los mayores errores que cometemos los padres con nuestros hijos es la de etiquetar a uno de ellos como el malo, atribuyéndole la culpa de todos los conflictos. De esta forma, favorecemos que el niño acepte ese papel adoptando ese rol de forma habitual en la familia. Para evitar esta situación debemos dejar claro que no es el niño el que es malo, sino que la manera de responder es la que no ha sido adecuada. De esta manera, abriremos una puerta a que su conducta pueda ser diferente. Además, si observamos con atención, las peleas no suelen ser siempre culpa de la misma persona: aunque algunos niños tengan un carácter más fuerte, lo habitual es que las riñas vengan de ambas partes.

Para que nuestros hijos puedan resolver sus conflictos de manera adecuada, debemos validar su enfado, pero enseñándole maneras respetuosas de expresarlo. Debemos ayudarle a reconocer sus errores y a tolerar la frustración de tener ideas diferentes a las personas con las que interactuamos sin necesidad de perder el control. La relación con sus hermanos servirá como un inicio ante otras interacciones sociales, y si les enseñamos a gestionarla de forma adecuada, estaremos creando niños felices y con capacidad para enfrentarse a las dificultades del día a día en el futuro.

 

Elena Hernández Casado

Psicóloga infantil y juvenil