En nuestra vida cotidiana, en algunas ocasiones, hablando con amigos, pareja, compañeros de trabajo… todos/as nos hemos dado cuenta de que hemos desconectado del hilo principal de la conversación. Estamos presentes físicamente, pero mentalmente nos mantenemos ausentes. Oímos, pero no escuchamos. Y es que, aunque estos dos verbos se utilicen como sinónimos, son dos fenómenos diferentes.

Oír es un fenómeno físico que sucede de manera involuntaria. Es un proceso pasivo. Escuchar, sin embargo, es algo que requiere de una intencionalidad para comprender y dar sentido a aquello que estamos oyendo, un proceso activo que implica prestar atención a lo que nos dicen.

En muchas ocasiones, el ritmo del día a día, el agobio del trabajo, las responsabilidades, las distracciones con las nuevas tecnologías o nuestras propias emociones hacen que estemos más pendientes de nuestros pensamientos que aquellos que las personas de nuestro alrededor pretenden comunicarnos. Sin embargo, saber escuchar es una cualidad fundamental para que la comunicación con otras personas sea eficaz en el contenido, se cree un ambiente de empatía y afectividad al estar teniendo en cuenta sus opiniones, argumentos y sentimientos, se minimicen los malos entendidos y aumente el clima de confianza entre los interlocutores. Por ello, la escucha activa implica un esfuerzo tanto a nivel físico como mental que nos reportará una amplia serie de beneficios a nivel social y, con ello, se acrecentará nuestro bienestar personal.

Nuestros hijos/as tienen muchas cosas interesantes que contarnos y es probable que caigamos en el error de no escuchar sus opiniones o argumentos simplemente porque son pequeños. Sin embargo, con ellos, esto es igual o más importante que con los adultos. De hecho, en muchas ocasiones buscan nuestra atención de manera insistente para compartirnos sus deseos, inquietudes o descubrimientos. Por ello, practicar la escucha activa desde su primera infancia hace que se sientan más comprendidos y con más sensación de ayuda, hecho que les hace estar más relajados y con una sensación mayor de complicidad y confianza. Además, prestarles toda la atención que merecen en las conversaciones hace que sepamos más acerca de su personalidad, sus gustos y su manera de relacionarse con el entorno; hecho que nos permitirá guiarles de una manera más constructiva y convertirnos en figuras de referencia a la hora de compartir sus logros y contar sus dificultades.

Estos últimos meses, la situación excepcional que estamos viviendo nos brinda una magnífica oportunidad para comenzar a poner en práctica esta habilidad tanto con adultos como con los más pequeños. Estar en casa juntos, sin las prisas de la rutina convencional fuera del domicilio, puede hacer que los vínculos entre padres e hijos se fortalezcan si les dedicamos un tiempo de calidad. Ponernos a su altura a la hora de hablarles y/o escucharles, mirarlos a los ojos, utilizar un tono amable, hacerles partícipes de conversaciones a las que puedan sumarse o pedirles opinión acerca de algún tema que pueda interesarles son algunas acciones que podemos llevar a cabo para fomentar una buena comunicación con nuestros hijos/as.

Los niños/as, con toda su energía, son una fuente incombustible de emitir sonidos. Cuando estamos juntos, es probable que los oigamos mientras nos buscan cuando juegan, corren, hacen sus deberes o se divierten en el parque. Los oímos hablar con su profesora, con otros amigos/as, familiares y con nosotros/as mismas. Lo mismo ocurre en las conversaciones adultas con nuestras parejas, tíos, primos, compañeros de trabajo o amigas/os en nuestra vida cotidiana.  Les oímos, pero… ¿les estamos escuchando?

Andrea Vea Eguizábal

Psicóloga infantil y juvenil