Todos los seres humanos somos seres sexuados desde nuestro nacimiento ya que nuestro cuerpo, nuestros genes, nuestros genitales, nuestra forma de reproducción, nuestras hormonas… tienen un sexo asignado desde el momento de su concepción. Cuando alguien menciona la palabra “sexualidad”, la mayoría de los pensamientos que nos vienen tienen relación con “cosas que se hacen”. Sin embargo, cuando hablamos de sexualidad hablamos de la manera que tenemos de vivirnos como seres sexuados, es decir, la forma que tenemos de sentirnos como hombres y mujeres, cómo elegimos expresarnos y relacionarnos con los demás, nuestros valores, creencias y actitudes en relación al género, nuestra orientación sexual, conocer nuestro cuerpo y sus cambios a lo largo de las diferentes etapas de nuestra vida… y, por supuesto, también la forma que tenemos de expresar esos afectos y deseos a través de nuestra conducta. Por lo tanto, contarles a vuestros hijos cómo os conocisteis, cómo os sentisteis el primer día que los cogisteis en brazos, explicarles que existen diferentes tipos de familias y formas de quererse, enseñarles a respetar a sus compañeros/as independientemente de los juegos que les gusten o deportes que practiquen o ayudarles a resolver sus dudas acerca de su propio origen, también es hablar de sexualidad. La sexualidad, por tanto, es una vivencia completamente subjetiva y diferente en cada persona que, según la Organización Mundial de la Salud «nos motiva a buscar afecto, placer, ternura e intimidad».

La etapa infantil es una etapa de alta curiosidad a la hora de explorar el mundo que les rodea. Entonces… ¿por qué iba a ser diferente en temas de sexualidad? Los más pequeños, desde el momento en el que nacen, buscan el contacto humano. Tienen la necesidad de sentirse acariciados mecidos, tocados, masajeados…   y es ese contacto físico el que les ofrece sensaciones placenteras que les ayudan a sentirse mejor, además de ir conociendo su cuerpo y descubriendo todas sus capacidades. Asimismo, su curiosidad crece con ellos también en temas de sexualidad, algo que mostrarán de muy diversas maneras.

Una de las situaciones más comunes entre los niños y niñas es que la retirada del pañal vaya acompañada de la sorpresa por el descubrimiento de sus genitales y las sensaciones que va percibiendo a medida que explora esa parte de su cuerpo. Más adelante, esa misma curiosidad los puede animar a ser detectives también de otros cuerpos para desvelar si son iguales al suyo o si hay algo diferente y, en algunos casos, la propia investigación les alentará a comentar, reír o preguntar acerca del tema, pero también, si lo creen necesario, a tocar, mirar, exhibir o compartir los hallazgos de sus pesquisas con otros/as compañeros/as. De la misma manera, es probable que en esta etapa aparezcan juegos en los que se imitan conductas que ven en los adultos de su entorno, en la televisión o en otros contextos con otros compañeros (besarse, hacerse novios, desnudarse, jugar a mamás y papás…) o que practiquen conductas autoestimulatorias y autoexploratorias que les generen sensaciones de placer. Este tipo de situaciones pueden generar incertidumbre y preocupación en padres y madres que acuden a la consulta llenos de dudas al no saber qué hacer, o con sentimiento de culpa por haber tenido una reacción inadecuada ante lo sorpresivo de la situación. No obstante, no debemos perder de vista que este tipo de escenarios nos crean una magnífica oportunidad para comenzar a hablar de sexualidad con nuestros hijos y para ello os ofrecemos algunas recomendaciones que pueden resultar de utilidad.

Para comenzar, es importante que con nuestros hijos llamemos a cada cosa por su nombre, incluyendo los genitales. Al igual que no sentimos vergüenza o reparo en llamar a la rodilla o a la nariz por su nombre, es importante que hagamos lo mismo con sus partes más íntimas.

También, enseñarles que existen lugares apropiados para realizar cierto tipo de conductas donde su privacidad estará a salvo. Esto, además, nos permitirá hablar con ellos de qué partes de nuestro cuerpo son privadas y qué partes podemos mostrar a los demás con el objetivo de que, si fuera necesario, el propio niño/a pueda llegar a detectar situaciones poco saludables para él y solicitar nuestra ayuda.

Asimismo, resulta fundamental no perder de vista que el sentido y significado que los más pequeños dan a sus juegos y descubrimientos muy poco tiene que ver con el que damos las personas adultas. Es por eso que reñirles o hacerles sentir culpables por saciar su curiosidad no conseguirá que desaparezcan ese tipo de juegos o que se esfumen sus dudas, pero sí que les enviará el mensaje de que no cuentan con nosotros para hablar de ello. En un primer momento podemos sentirnos liberados al librarnos de una situación tan comprometida. Sin embargo, debemos ser conscientes de que, a la larga, tampoco recurrirán a nosotros si se encuentran con una dificultad relacionada con el tema. Tratar el tema con naturalidad no solo nos servirá para sentar una base de confianza a la cual recurrir en caso de necesidad, sino que también nos permitirá conocer sus pensamientos, sentimientos, deseos y actitudes en relación a su sexualidad.

Andrea Vea Eguizábal

Psicóloga Infantil y Juvenil